MANDARINAL, Antología poética de Álamo.

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EL SURGIMIENTO DE ÁLAMO Y SUS CUATRO OROS

Y fue en el río Pantepec

con su verde azul impresionante,

con su música,

con su fuerza,

en cuya orilla

estaba el sitio indicado.

Ahí,

en la exhuberancia de la naturaleza

bajo un cielo límpido y sereno

nació mi pueblo.

Los álamos robustos

azuzados por el viento

fueron los testigos.

Nació intrépido,

al poderoso impulso

de los veneros de petróleo.

Nació cobijando,

los sueños y esperanzas

de hombres esforzados.

Nació rico,

resplandeciente en oro negro,

El primero de sus oros.

En esta tierra de libertades

diferentes nacionalidades

unieron sus pensamientos.

¿Fue por eso que aquí Sandino

soñó y planeó

la libertad de Nicaragua?

Puede ser…

Lo cierto es que mi pueblo

mi Álamo,

Álamo de sueños libertarios

inspiró a poetas,

a revolucionarios,

a visionarios,

que perdían en la lejanía de los campos productivos

su mirada inquieta.

Esa mirada

que descubrió otro de los oros

entre el estruendo de la locomotora

y el incontenible avance de los navíos

que surcaban jubilosos

repletos de bananas

las aguas del majestuoso río.

Oro,

de color verde,

verde de la esperanza,

verde de la abundancia,

verde de la vida

que en medio de los campos

de la lluvia,

del sol

radiante florecía.

Así,

transcurrido el tiempo,

allá en las décadas sesenta y setenta

un delicado y fuerte aroma

sahumó el ambiente

de un Álamo

que recibía cada día

más,

y más,

y más gente

que en su sombra

ilusionada se cubría.

Ese aroma penetrante

era otro oro,

ahora de color café;

color café del tabaco,

del aromático tabaco

que Echeverría en un tiempo conoció

y el mundo entero saboreó.

Y…

Como en las leyendas mitológicas

la diosa de la fortuna

nos ofreció un prenda

todo el sabor…

de las entrañas de la tierra

Miles!

¡Y miles de árboles!

surgieron por doquier!

saturados de azahares

y de la fruta prodigiosa,

agridulce y deliciosa

como el amor.

¡Es el cuarto oro!

¡La naranja de esta tierra!

Oro brillantísimo

el más brillante de todos

que satura las campiñas

y llega a los confines.

Se me hace extraordinario

el surgimiento de mi Álamo

sonriente,

benevolente,

bravío,

y no es cuestión de cuento

que en algún momento

parecía un pueblo

del lejano oeste.

Hoy,

he abierto las ventanas del pasado

y en este Álamo

que crece más,

y más

y más a cada instante

un siglo es insignificante

para una ciudad

que quiere alcanzar la gloria.

La gloria que se percibe

en los álamos frondosos

y en el curso de su historia,

de sudor,

de lágrimas,

de trabajo cotidiano.

Pero también de alegrías inmensas

al rítmico sonar de los huapangos

que le dieron su primer título

“El emporio de la Huasteca”

de la Huasteca,

de los veracruzanos.

  

Julio César García de la Cruz

Catedrático universitario

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