TEJIENDO TRADICIONES

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Aztecas o época prehispánica

El origen de ahora llamado día de muertos es incierto, se remonta según algunos estudiosos en el año 800 a.c en el llamado festival de muertos, celebrado entre los aztecas durante los meses de julio y agosto, como una fiesta para celebrar al final de la cosecha de maíz, frijol, garbanzo y calabaza, que formaban parte de la ofrenda a la diosa Mictecacihuatl. Esta diosa, reina de Chinahmictlan es la guardiana del noveno nivel del infierno llamado Mictlan.

Algunos aseguran que la tradición del festival se mezcla con la costumbre prehispánica de enterrar a los muertos con objetos, comida y ofrendas para viajar a la otra vida. La tradición nace de la creencia que al morir las personas pasan al reino de Mictlan, donde tiene que estar un tiempo para después ir al cielo o Tlalocan. Para el viaje, nuestro seres queridos necesitan agua y comida para el camino, veladoras para alumbrarse, monedas para pagar al balsero que los cruza por el río, antes de llegar a Mictlan y un palo espinoso para ahuyentar al diablo.

Los dioses para los aztecas eran dos: Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, encargados de señalar a que cielo o infierno enviarían al difunto. Mientras esto ocurría, sólo se permitía llegar a Mictlan, que significa lugar de la muerte donde deberían purificarse y posteriormente, pasarían a alguno de los trece cielos de los que nos habla la cultura azteca o a alguno de los nueve infiernos, según su comportamiento en vida.

Para los jóvenes aztecas la muerte fue considerada como algo digno de alcanzar, ya que no la consideraban como un mal sino una transformación en Colibríes que acompañarían al sol en su viaje, lo que significaba el más elevado de los cielos; además consideraban que los seres humanos tuvieron su origen en el omeyocan, donde los creaba la pareja de dioses supremos que los mandaban para que nacieran en la tierra. Al tiempo de su nacimiento todo individuo adquiría un tonalli, palabra que designa a la vez el concepto de día y el de suerte. El tonalli tenía el mismo nombre que el día del nacimiento o el día en que se celebraba un rito con el recién nacido. Este signo determinaba la personalidad del individuo y su destino.

Era algo así como un atributo espiritual, separable del individuo mismo, al que se podía rezar y que se podía perder, por lo menos en el caso de los niños, lo cual producía enfermedades que solo se curaban mediante ritos que devolvían a la criatura la fuerza vital, los sentidos, la inteligencia. Lo que generalmente entendemos por alma, pensaban que residía en el corazón, de hecho la palabra YOLOTL traduce tanto corazón como alma o espíritu.

Los muertos iban a diferentes moradas según las circunstancias de la muerte. Cada una de estas moradas estaba conectada con dioses propios y la manera en que mueren los distintos individuos se puede entender como el medio con que estos dioses los incorporan a su séquito. Los hombres que sufrían una muerte normal, a consecuencia de la vejez o de enfermedades ordinarias, iban al Mictlan o infierno, literalmente el “lugar de los muertos” regido por los dioses Mictlantecuhtli, y su mujer Mictecacihuatl. El infierno se asociaba por un lado con el norte, Mictlan es una de los nombres del norte y por otro se le consideraba como una serie de inframundos dispuestos en nueve niveles, en el más bajo residían los dioses del infierno y los muertos; el cuerpo del muerto, se cremaba y con los restos se preparaba un bulto que enterraban en la casa del muerto, junto enterraban también varias ofrendas y objetos necesarios para que el muerto llegara a su destino en el infierno. El muerto tenía que cruzar un río, el Chicnahuapan, “nueve aguas” que corría por debajo de la tierra de occidente a oriente y conectaba las aguas del mar sobre el que estaba la tierra. Para el cruce era necesaria la ayuda de un perro que sacrificaban para enterrarlo con el muerto. Cuando el muerto llegaba al río, ya lo estaba esperando, su perro para pasarlo a la otra orilla cargándolo en el lomo. El muerto también tenía que cruzar los vientos de obsidiana Itzehecayan, es decir, que eran vientos fuertes y fríos que cortaban como navajas, se les enterraba con ropa de papel para que los cobijaran. Además, se le proveía de alimentos para su viaje y ofrendas para dárselas a su llegada a los dioses del infierno. Los muertos vivían en el infierno de manera similar como habían vivido en la tierra.

También se les enterraban sus utensilios de trabajo y las reliquias de las victimas que habían ofrecido en sacrificio.

En el caso de los señores se sacrificaban algunos esclavos para que les sirvieran en el otro mundo. El viaje al infierno duraba cuatro años, por lo que los parientes enterraban nuevas ofrendas a los ochenta días de la muerte y posteriormente, en cada aniversario.

Cuando el muerto terminaba su viaje al infierno, volvían a la tierra una vez al año, precisamente durante el mes dedicado a los difuntos (Huey Miccailhuitl). Para la llegada de los muertos, sus parientes ayunaban durante tres días, subían al techo de sus casas y ofrecían oraciones en dirección al norte; con el fin de que sus difuntos regresaran y salieran a jugar en el campo.

El Tlalocan se encontraba situado en el primero de los cielos ubicado por encima de la superficie de la tierra, en donde también se encontraba la luna, además el Tlalocan se identificaba con el oriente, pues creían que los dioses de la lluvia se encontraban en lo alto de las montañas, en donde se juntan las nubes.

El Tlalocan fue comparado por los misioneros españoles con el paraíso terrenal; era como un jardín abundante de agua y lleno de flores. Había un agua que hacia crecer las plantas y producían buenas cosechas.

Al llegar los españoles, estas creencias de que los muertos regresaban una vez al año, fueron adaptadas al calendario Judeocristiano que celebraba en esa fecha a “Todos los Santos”, adecuando la ceremonia a los días 1º Y 2º de Noviembre del almanaque Romano.

El nombre indígena que se dio a esta celebración fue el de XANTOLO, vocablo latín nahuatilizado del latín SANCTORUM, cuyo significado es Todos los Santos. Esta festividad se celebraba entre el 31 de octubre al 1º de noviembre, pero los misionero católicos para su evangelización la adoptaron a la fecha con que actualmente se conoce, cambiando el nombre original de la celebración de MIJKAILJUITL, que significa fiesta de muertos, por el SANCTORUM.

El XANTOLO, es una manifestación sagrada en la que cada parte de los elementos que contiene la celebración, poseen un significado y un simbolismo especial, sobre todo para la persona que recuerda al difunto. La fiesta en si, mantiene profunda raíces indígenas combinado con las imágenes del catolicismo, mismos que encontramos en los altares como mas adelante se observará.

Los aztecas conquistaron el territorio Huasteco, este hecho ocurrió durante el gobierno de Moctezuma Ilhicamina (1440-1469 d.C.) quien sujetó a los huastecos de Tziuhcoac, a los Tuchpanecas y a los Temachpa Cuaxtecas imponiéndoles tributos en productos. Este sometimiento de los Huastecos a los Mexicas, significó un reordenamiento en la vida interna de los Huastecos, influyendo en costumbres, creencias y en general en toda su forma de vida. Por eso; no resulta aventurado indicar, que la celebración a los muertos de los Aztecas también era una celebración Huasteca y de mayor parte de la cultura prehispánica.

Álamo forma parte de lo que fue el territorio de Tziuhcoac, actualmente se conoce como Zicuaque y se piensa que dicho asentamiento prehispánico, estuvo ubicado en San Isidro, actualmente Montes de Oca, por lo que los indígenas locales debieron preservar esta tradición, como ocurrió en la mayor parte del territorio mexicano, con las particularidades de cada región.

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